Bogotá, después de una visita a Helena Iriarte
No hay relación entre las cosas y aquello que las encarna. La realidad acaso es un vacío y su copia en el espejo la evidencia de su precariedad. Los nombres van por el mundo retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro o el autobús porque la vida depende de un concepto. Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra, pues no se puede llegar con retraso al destino. ¿Es posible que convivan alma y cuerpo? ¿no serán un binomio inseparable, una sola cosa que no sabemos nombrar aún? En estos temas, como en tantos otros, me atropella la retórica, y vuelvo a preguntarme si será posible nada más vivir.
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